Por Luis Frontera
La mala noticia no estaría en el hecho de comprobar que, desde la Grecia clásica hasta hoy, en casi tres milenios, Occidente no ha inventado nada nuevo en materia sexual. Tampoco en que Joan Copjec, la nueva monarca de la filosofía norteamericana, venga a decirnos lo siguiente: “Sobre la sexualidad humana no es posible constituir ningún saber, porque el sexo, justamente, es el lugar donde fracasa el conocimiento y tropieza el sentido” (“El sexo y la eutanasia de la razón, “Paidós, 2006”).
Eso no quiere decir que la gente no hace el amor. Lo que significa, para esta pensadora que ha escurrido a Kant, Freud y Lacan, es que no puede haber una scientia sexualis porque a la relación sexual no es posible expresarla enteramente a través del lenguaje.
Pero el chasco, para ir al tema y decirlo de una vez, es analizar el “vuelo teórico” de los llamados “sexólogos”, unas personas que, por el contrario, dicen saber todo sobre el sexo, y que se esmeran en enseñarlo públicamente. Hay que ver, por ejemplo, a la señora Alessandra Rampolla, cuando a las mujeres “que tienen miedo al dolor en las relaciones anales”, les aconseja que “en los ratitos libres aprovechen para practicar con un dedo propio”.
Se pueden recordar frases poco convincentes de estos sufragistas de la cópula. Una de ellas fue cometida por el doctor León Gindin al explicar de qué manera, a su hija, le había “enseñado a erotizar el preservativo con la boca”. Y otro momento cumbre sucedió al oir a Karina Mazzoco, en radio, vaticinando que sus oyentes conocerían “las bajas pasiones” (una metáfora antidiluviana: ¿o acaso hay también pasiones altas y de mediana estatura?). No se opina sobre la belleza de la dama, pero se debe reconocer que, diciendo que era “una araña carnívora”, no calentaba ni una bolsa de agua y hasta provocaba risa.
Podría fantasearse que los sexólogos son jóvenes y atractivos atletas del orgasmo. Pero la mayoría se ha quedado calvo, no exhibe una presencia seductora y tampoco luce un estado físico apropiado para eso.
Enrique Pichon Rivière, fundador de la psicología social y famoso por su galanura y de quien si podía suponerse algún “saber sexual”, había trabajado en varios prostíbulos enseñando francés. Pero cuando le preguntaban al respecto, sólo reflexionaba con modestia: “Sí, mi vida fue un quilombo”.
La llamada sexología parece algo así como el “trabajo práctico” de la educación sexual. Y muchos de sus teóricos, con sus consejos coitales, recuerdan aquello que Michel Focault llamaba “beneficio del locutor”: alcanzar un poder con la sola enunciación de un supuesto saber. Ellos, los sexólogos, a cambio de que se mencione su dirección electrónica, se trepan muchas veces a cuanto medio se les ponga a tiro.
Decir que se sabe de sexo, claro, es poseer un tesoro capaz de convocar multitudes. Pero que se expone, sin embargo, a una réplica peronista: “Mejor que decir es hacer”.
Pedagogía erótica
Helen Kaplan, zarina de la sexología, experta en el estudio del coito y algo olvidada luego de la epidemia del sida, solía pontificar: “El amor es el mejor afrodisíaco”. Pero debería preguntarse, entonces, qué es el amor. También se puede recordar a Luis Farinello, en una mesa sobre sida, diciendo a los jóvenes: “Si lo hacen por amor no correrán riesgos”. ¿Acaso Kaplan y el sacerdote, con sus consejos, habrían aclarado un sentimiento que no develaron San Agustín, Kant ni Sigmund Freud? ¿Y ante el sida, podría tal sentimiento escudar a entusiastas jóvenes hot que ni siquiera pueden esperar a ponerse el preservativo?
Tampoco ofrece, el amor, garantías afrodisíacas. Es sabido que muchas personas, y tal vez más los varones, encuentran mayor placer sexual cuando no aman. No se puede olvidar que, en Occidente, rige una cultura que divide a las mujeres en dos grupos: María (la inmaculada concepción) o Eva (la pecadora). Al respecto, cabe una paradoja. Y es que la Argentina sería la excepción, porque ama, en una sola mujer, a la dos juntas: María Eva (Duarte de Perón) las reúne desde los nombres y hasta simbólicamente.
Es bueno recordar, también, sobre el amor, un chiste del inefable Bernard Shaw: “Estar enamorado es exagerar considerablemente la diferencia entre una mujer y otra”.
La sexología actual parece, por momentos, un adoctrinamiento coital que considera al sexo como un satélite de la genitalidad. Pero el coito no es todo el sexo. Si fuera así no tendrían sexo los niños pequeños y tampoco los castrados (es famoso como estos varones, sometidos a una poda, ejercían perversiones sexuales en los harenes de Persia).
Se habla de lo esencial que es el juego previo para la mujer, pero sin negarlo se puede recordar aquella famosa escena de “Último tango en París” (Bernardo Bertolucci) en la que, sin siquiera conocerse ni hablarse, Marlon Brando y María Schneider ejercían un sexo heavy.
El último orgasmito
Algunos integrantes de la sexología argentina, en los 80, exageraron en el uso de inyecciones en el genital masculino, en los implantes peneanos, en el afán comercial y en los consejos. Quien escribe tiene presentes dos imágenes. En la primera, recuerda cuando fue a entrevistar al doctor Juan Carlos Kusnetzoff (para “Humor” y “Sex Humor”) y el sexólogo rechazo salir en estas revistas por considerarlas “pornográficas”; lo doloroso es que sí accedía a otra revista embarcada en afirmar aquello de “los argentinos somos derechos humanos”.
Aseguran, muchos sexólogos, que el quince por ciento de los varones padece eyaculación precoz y que, por eso, en vez de orgasmos tienen “orgasmitos”. Y dicen curarlos con ejercicios dirigidos al pene: eso parece reflotar cierta ilusión en el sentido de que el cuerpo humano, que es mucho más que la suma de sus órganos, está hecho de trozos, pedazos, y de que se puede recomponer pieza por pieza.
Imperan, también, desmedidas promesas de goce sexual. Parecen ignorar que Sigmund Freud, luego de comparar la armonía de algunos alcohólicos con su bebida preferida, escribía que no era así de fácil con el sexo: “En la misma naturaleza de la pulsión sexual debe haber algo que es desfavorable al logro de la satisfacción plena”, escribió.
En esto del placer, Goethe, subía aún mas la apuesta: “El placer intenso, extendido en el tiempo, sería insoportable. No debe haber nada más horrible que una sucesión de días felices”.
Rechazar a los “maestros del coito” no niega lo importancia que tiene la difusión de temas sexuales. Pero solicita, sí, que se hable del sexo con naturalidad y sin privilegiar el afán comercial. Se debe recordar que, el lenguaje, eso que usa el periodismo, es lo que otorga a la vida su vocación ética. Al respecto, se puede anotar otra cita de Freud: “La civilización no empezó cuando se inventó la lanza sino en el momento en que se profirió el primer insulto”.
RECUADRO
Algunos hitos
-Havelock Ellis (1859-1939).
-Richard Freiherr von Krafft-Ebing (1840-1902).
-Wilhelm Reich (1897-1957).
-Alfred Kinsey (1894-1953).
-William Masters y Virginia Johnson (en 1964 publican
su célebre informe sobre sexualidad).
-Helen Kaplan (en 1974 publica “La nueva terapia sexual”).
Luis Frontera es autor de “El país de las mujeres cautivas”
y “Argentina país hiv”, ambos de editorial Galerna.
Fuente: Revista Noticias Nº 1562, 2.12.06
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