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La Coctelera

LA ADICCION NO EXISTE

En 1978, acosados por animales de tres cabezas y seres invisibles, doce mapuches del Lago Aluminé, en Neuquén, consumaron la “Matanza de Lonco Luan”. Con ganchos de carnicero asesinaron a tres niños y a una mujer. Una vez apresados, los psiquiatras buscaron en ellos las sustancias causantes del delirio. Pero encontraron que los nativos, todos fieles pentecostales, deploraban los tóxicos, incluyendo al alcohol y el tabaco. ¿Qué había sucedido con estas personas luego declaradas inimputables? Después de rezar durante varios días, sus propias palabras terminaron actuando como drogas alucinatorias.

No debería sorprender. Los psicólogos posteriores a Jean Charcot descubrieron que, las lesiones histéricas (parálisis, cegueras, sorderas selectivas) que sólo se trataban con la palabra, se comportaban como si la anatomía y lo orgánico no existieran. El mismo Sigmund Freud, en su comienzo, tuvo que abandonar la hipnosis porque los pacientes se hacían adictos a la palabra. Y recientemente, unas semanas atrás, el doctor Carlos Malvezzi Taboada, director del Instituto Gubel de Hipnosis y Medicina, narró a “Noticias” de qué manera, a una persona hipnotizada, le apoyaron un lapiz en un brazo diciéndole que era un hierro caliente y no sólo gritó, también se le enrojeció la piel.

La intuición de que ”la droga” no es el tóxico, parece corroborarse al escuchar a los experimentados cruzados de Alcohólicos Anónimos: hace muchos años dejaron de tomar, dicen, pero siguen dependientes de una sustancia ausente. O está el caso de los “adictos” a la cocaína que, luego de un lavado de sangre para extirparla, seguían reclamando su consumo. Es que también existen “adicciones” sin sustancia: el juego, los corredores de fondo que no pueden parar (es discutido que la compulsión se genere en las endorfinas), o la anorexia, paradigma de todos los consumos, que consiste en no consumir alimentos y en alucinar como gordo el propio cuerpo esquelético.

El cuerpo busca por sus agujeros: mira, huele, escucha. El deseo lo remite a buscar esa completud original de absorver por vía oral a la madre (¿“mamarse”?). Y algunos consumidores, agotada esa ruta, se abren nuevos agujeros en busca de un placer que se meta en la carne a través de las venas. Culpar a la sustancia, en esos trances, parece algo así como atacar a los balcones porque los suicidas se arrojan de ellos.

Tres hombres llegan a la ciudad sagrada de Isfahán y la encuentran cerrada. El alcohólico propone romper la puerta, el opiómano esperar y el consumidor de marihuana entrar por la cerradura. Eso está en el Corán. Es antiquísimo. Y muestra algo milenario: drogas hubo siempre. Pero lo que se creó en el Siglo XX, y no termina de convencer, es la teoría del “adicto”, definir a una persona por la sustancia que consume e instalar un saber sobre el alma humana en base a un objeto inerte (cualquier droga) y que sólo es previsible en el laboratorio: hay chicos que toman hipnóticos para “ponerse pilas”.

Tanto se insiste en poner el carro delante de quien lo empuja (droga primero, dependencia después) que “el adicto” ya genera su propio estereotipo. No asiste a la consulta con una dolencia cuyo origen, como todo síntoma, debería resultarle oscuro. Llega y arroja su diagnóstico: “Soy adicto”. Y clama para que le arranquen algo, para que le traten el psiquismo como si fuera un órgano o para que le den una droga contra la droga.

El caso es que hay adictos al sexo, al trabajo o al dulce de leche. Y eso recuerda que, cuando algo es todo, no es nada.

La teoría del “adicto”, sostenida por médicos, psicólogos, policías o sacerdotes, se ha vuelto el cortaplumas de MacGyver: sirve para todo. Para responsabilizar a las sustancias de lo que hacen las personas y para ocultar, de paso, la constelación de daños sufridos dentro de una cultura que se autoproclama, justamente, como “sociedad de consumo”.

¿Pero cuáles drogas atacar? ¿El floripondio que mata y es un árbolito de Palermo, el cucumelo (bosta alucinógena del ganado Zebú), la fatal dipirona que se vende en quioscos, el cigarrillo, el alcohol o los tubos de neón que en la Villa 31 de Retiro, con la boca sangrando, chupan algunos chicos. ¿O la comida y las “drogas adelgazantes”, ya que se ha dicho que “Gorda” y “Droga” contienen las mismas letras aunque se escriban diferente?

No. Hay que atacar las prohibidas. Pero dice Fernando Savater: ¿No será la misma prohibición lo que las convierte en “la droga” (en singular)? ¿No será que esa misma prohibición genera la figura del drogadicto y hace que las dogras sean cada más caras, más deseadas y adulteradas?

Cada vez más gente vive de “la droga”, de su venta o de su represión. Tanto que, en la encuesta realizada por el autor de esta columna, muchos entrevistados dicen que compran la droga en casas de familia, pocos afirman que le llevarían a la policía un kilo de droga encontrado en la calle y muchos menos, necesitando ayuda, son que pensarían en recurrir a la SEDRONAR. Porque, vaya paradoja, la creación de esta Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico fue impulsada por el ex presidente Eduardo Duhalde, eterno y nunca comprobado acusado de favorecer el narcotráfico.

La drogadependencia, si existiera tal cosa como estructura

psíquica, sería más atribuible a una falla del sujeto humano

(que no tolera la vida tal como es) que a una sustancia. La

creación de esta supuesta patología parece, cada vez más,

el eje de una táctica agresiva que expresa un discurso legal,

sanitario y militar.

Como teoría, por momentos, no llega más lejos que

el maniqueísmo del Super Agente 86: los malos

son de Kaos y los buenos del Control.

* Periodista, presentó la Encuesta Argentina sobre Hábitos Tóxicos en el Congreso Internacional de Psiquiatría (“Nuevos sufrimientos nuevos tratamientos”), el 2 y 3 de diciembre, en San Luis.

Los maestros del coito

Por Luis Frontera

La mala noticia no estaría en el hecho de comprobar que, desde la Grecia clásica hasta hoy, en casi tres milenios, Occidente no ha inventado nada nuevo en materia sexual. Tampoco en que Joan Copjec, la nueva monarca de la filosofía norteamericana, venga a decirnos lo siguiente: “Sobre la sexualidad humana no es posible constituir ningún saber, porque el sexo, justamente, es el lugar donde fracasa el conocimiento y tropieza el sentido” (“El sexo y la eutanasia de la razón, “Paidós, 2006”).

Eso no quiere decir que la gente no hace el amor. Lo que significa, para esta pensadora que ha escurrido a Kant, Freud y Lacan, es que no puede haber una scientia sexualis porque a la relación sexual no es posible expresarla enteramente a través del lenguaje.

Pero el chasco, para ir al tema y decirlo de una vez, es analizar el “vuelo teórico” de los llamados “sexólogos”, unas personas que, por el contrario, dicen saber todo sobre el sexo, y que se esmeran en enseñarlo públicamente. Hay que ver, por ejemplo, a la señora Alessandra Rampolla, cuando a las mujeres “que tienen miedo al dolor en las relaciones anales”, les aconseja que “en los ratitos libres aprovechen para practicar con un dedo propio”.

Se pueden recordar frases poco convincentes de estos sufragistas de la cópula. Una de ellas fue cometida por el doctor León Gindin al explicar de qué manera, a su hija, le había “enseñado a erotizar el preservativo con la boca”. Y otro momento cumbre sucedió al oir a Karina Mazzoco, en radio, vaticinando que sus oyentes conocerían “las bajas pasiones” (una metáfora antidiluviana: ¿o acaso hay también pasiones altas y de mediana estatura?). No se opina sobre la belleza de la dama, pero se debe reconocer que, diciendo que era “una araña carnívora”, no calentaba ni una bolsa de agua y hasta provocaba risa.

Podría fantasearse que los sexólogos son jóvenes y atractivos atletas del orgasmo. Pero la mayoría se ha quedado calvo, no exhibe una presencia seductora y tampoco luce un estado físico apropiado para eso.

Enrique Pichon Rivière, fundador de la psicología social y famoso por su galanura y de quien si podía suponerse algún “saber sexual”, había trabajado en varios prostíbulos enseñando francés. Pero cuando le preguntaban al respecto, sólo reflexionaba con modestia: “Sí, mi vida fue un quilombo”.

La llamada sexología parece algo así como el “trabajo práctico” de la educación sexual. Y muchos de sus teóricos, con sus consejos coitales, recuerdan aquello que Michel Focault llamaba “beneficio del locutor”: alcanzar un poder con la sola enunciación de un supuesto saber. Ellos, los sexólogos, a cambio de que se mencione su dirección electrónica, se trepan muchas veces a cuanto medio se les ponga a tiro.

Decir que se sabe de sexo, claro, es poseer un tesoro capaz de convocar multitudes. Pero que se expone, sin embargo, a una réplica peronista: “Mejor que decir es hacer”.

Pedagogía erótica

Helen Kaplan, zarina de la sexología, experta en el estudio del coito y algo olvidada luego de la epidemia del sida, solía pontificar: “El amor es el mejor afrodisíaco”. Pero debería preguntarse, entonces, qué es el amor. También se puede recordar a Luis Farinello, en una mesa sobre sida, diciendo a los jóvenes: “Si lo hacen por amor no correrán riesgos”. ¿Acaso Kaplan y el sacerdote, con sus consejos, habrían aclarado un sentimiento que no develaron San Agustín, Kant ni Sigmund Freud? ¿Y ante el sida, podría tal sentimiento escudar a entusiastas jóvenes hot que ni siquiera pueden esperar a ponerse el preservativo?

Tampoco ofrece, el amor, garantías afrodisíacas. Es sabido que muchas personas, y tal vez más los varones, encuentran mayor placer sexual cuando no aman. No se puede olvidar que, en Occidente, rige una cultura que divide a las mujeres en dos grupos: María (la inmaculada concepción) o Eva (la pecadora). Al respecto, cabe una paradoja. Y es que la Argentina sería la excepción, porque ama, en una sola mujer, a la dos juntas: María Eva (Duarte de Perón) las reúne desde los nombres y hasta simbólicamente.

Es bueno recordar, también, sobre el amor, un chiste del inefable Bernard Shaw: “Estar enamorado es exagerar considerablemente la diferencia entre una mujer y otra”.

La sexología actual parece, por momentos, un adoctrinamiento coital que considera al sexo como un satélite de la genitalidad. Pero el coito no es todo el sexo. Si fuera así no tendrían sexo los niños pequeños y tampoco los castrados (es famoso como estos varones, sometidos a una poda, ejercían perversiones sexuales en los harenes de Persia).

Se habla de lo esencial que es el juego previo para la mujer, pero sin negarlo se puede recordar aquella famosa escena de “Último tango en París” (Bernardo Bertolucci) en la que, sin siquiera conocerse ni hablarse, Marlon Brando y María Schneider ejercían un sexo heavy.

El último orgasmito

Algunos integrantes de la sexología argentina, en los 80, exageraron en el uso de inyecciones en el genital masculino, en los implantes peneanos, en el afán comercial y en los consejos. Quien escribe tiene presentes dos imágenes. En la primera, recuerda cuando fue a entrevistar al doctor Juan Carlos Kusnetzoff (para “Humor” y “Sex Humor”) y el sexólogo rechazo salir en estas revistas por considerarlas “pornográficas”; lo doloroso es que sí accedía a otra revista embarcada en afirmar aquello de “los argentinos somos derechos humanos”.

Aseguran, muchos sexólogos, que el quince por ciento de los varones padece eyaculación precoz y que, por eso, en vez de orgasmos tienen “orgasmitos”. Y dicen curarlos con ejercicios dirigidos al pene: eso parece reflotar cierta ilusión en el sentido de que el cuerpo humano, que es mucho más que la suma de sus órganos, está hecho de trozos, pedazos, y de que se puede recomponer pieza por pieza.

Imperan, también, desmedidas promesas de goce sexual. Parecen ignorar que Sigmund Freud, luego de comparar la armonía de algunos alcohólicos con su bebida preferida, escribía que no era así de fácil con el sexo: “En la misma naturaleza de la pulsión sexual debe haber algo que es desfavorable al logro de la satisfacción plena”, escribió.

En esto del placer, Goethe, subía aún mas la apuesta: “El placer intenso, extendido en el tiempo, sería insoportable. No debe haber nada más horrible que una sucesión de días felices”.

Rechazar a los “maestros del coito” no niega lo importancia que tiene la difusión de temas sexuales. Pero solicita, sí, que se hable del sexo con naturalidad y sin privilegiar el afán comercial. Se debe recordar que, el lenguaje, eso que usa el periodismo, es lo que otorga a la vida su vocación ética. Al respecto, se puede anotar otra cita de Freud: “La civilización no empezó cuando se inventó la lanza sino en el momento en que se profirió el primer insulto”.

RECUADRO

Algunos hitos

-Havelock Ellis (1859-1939).

-Richard Freiherr von Krafft-Ebing (1840-1902).

-Wilhelm Reich (1897-1957).

-Alfred Kinsey (1894-1953).

-William Masters y Virginia Johnson (en 1964 publican

su célebre informe sobre sexualidad).

-Helen Kaplan (en 1974 publica “La nueva terapia sexual”).

Luis Frontera es autor de “El país de las mujeres cautivas”

y “Argentina país hiv”, ambos de editorial Galerna.

Fuente: Revista Noticias Nº 1562, 2.12.06

Educacion sexual: Mision imposible

Ley Nacional de Educación Sexual Nº 26.150 ( Argentina)
MISIÓN IMPOSIBLE
Por Luis Frontera*

Si a través de la educación “regular” la sexualidad humana pudiera “regularse”, habrían caminos más eficaces que el de llevar el tema a los colegios. Hablar con Joseph Ratzinger, por ejemplo, y pensar juntos los daños que se ocasionan al cuestionar el placer y sólo admitir el sexo reproductivo, al dictar la monogamia, predicar la heterosexualidad y atacar al preservativo en la era del sida. Y alcanzaría con franquear el mútuo muro de Berlín mental y charlar civilizadamente con los tiranos que dicen ser castos, con los clericales que no parecen religiosos y con los reprimidos que a veces son represores.
De ser esto posible no haría falta educación sexual. Porque sin supersticiones ni fanatismos no habría represión y los humanos gozarían del sexo. Pero tal cosa no es realizable porque los seres parlantes gozan, justamente, al amparo de la prohibición. “Si te tocás ahí no te quiero más”, se le dice, más o menos, al niño. Y el chico entiende que, ser amado, es una ventaja por la cual otros placeres deben sacrificarse o ser dejados para más adelante.
Pero es la existencia de un límite la que posibilita, luego, la vulneración y el placer. Porque donde hay un margen se puede ir más allá. Y obtener así una añadidura de placer. Era comprendiendo esto que, Sigmund Freud, aseguraba: “La satisfacción fácil mata el deseo”. Y que Charles Baudelaire iba más lejos: “El más grande placer del amor consiste en la seguridad de hacer algo malo”. De allí que no podría legislarse un “derecho al goce” pues, justamente, se goza porque está prohibido.
Ante la ilusión de que la sexualidad pueda enseñarse, se pregunta: ¿Lo prohibido en la religión y en la infancia, puede luego enseñarse en el colegio? ¿El chico que entra a la escuela y nota que, a diferencia de en su casa, hay allí unos baños para mujeres y otros para varones, no recibe así una educación sexual más eficaz que un discurso sobre la igualdad de los sexos? ¿Los chicos hacen lo que les enseñan o lo que hacen sus mayores? ¿Hay una sexualidad normal? ¿En materia de sexualidad, saber es poder?
El autor de esta nota entrevistó en 1990 a tres mil personas
desde Ushuaia a Salta. Escribía entonces un libro sobre sida (“Argentina país hiv”, Galerna, 1993) hoy agotado. Contra la muerte y frente a la epidemia que costaba miles de dólares mensuales por paciente, había algo fundamental y costaba centavos: el condón. Pero muchos no querían usarlo: “Quita sensibilidad”, decían los varones. “Detiene el juego previo”, las mujeres. Soportaban prótesis dentales, corazones ajenos, anteojos, más no el condón... Pero gracias a un psicólogo se obtuvo una explicación: en una relación sexual, el preservativo, al interponerse entre dos cuerpos, abortaba la ilusión de poseer al otro. O sea que, más que más que “fundamental”, era una “funda-mental” y no necesariamente corporal.
Hay saberes que se transmiten de manera inconsciente. No siempre nos enseñan, por ejemplo, a no tener relaciones sexuales con nuestra madre. Sin embargo lo sabemos, porque forma parte de nuestra herencia filogenética. No imaginamos al hombre de las cavernas enseñándole a su hijo adolescente cómo y con quien se ejecuta la cópula. Tampoco creemos en que si se le enseña a alguien que sea o no sea homosexual lo aprenderá y cumplirá la propuesta.
El cuerpo es una residencia en la que pasan cosas que llegan desde otro lado. Y eso que viene de otra parte es la palabra. Y a la acción de la palabra sobre el cuerpo el psicoanálisis la llama Trieb y la traduce como pulsión. Ahora bien, la pulsión sexual, no es instinto. El instinto hace que el toro, al nacer, esté destinado a la vaca. Y la pulsión (por más que la enseñen) puede hacer que un varón busque una mujer, o a otro varón, o una ropa interior, o a ¡un cadáver!, o (escrito con angustia) ¡a un niño!
Que la sexualidad no pueda “enseñarse” no implica, claro, renunciar a la lucha para que el fascismo no siga ganando
en todas partes, incluyendo al colegio. Porque sí, es necesario difundir elementos que teóricamente sirvan para luchar contra el embarazo no deseado, la libre planificación de la familia, la igualdad de los géneros y otras reivindicaciones.
Pero eso sería “información sexual” (título menos presuntuoso que “educación sexual”), y se brindaría limitando los consejos, sincerando las respuestas, disminuyendo el autoritarismo, intentando no dominar las pulsiones ajenas y recordando que, cuanto más se explica, menos se goza... En una charla en un Instituto de Menores de La Plata una adolescente señalando a un chico, se quejó: “No quiero saber del espermatozoide y del óvulo, quiero saber por qué estoy caliente con él...”
La información, eso sí, no siempre produce efectos compatibles con lo informado. La prueba es que, a la consigna “La droga mata de a poco”, un alumno le agregó: “No tengo apuro”.
Que la información de resultado, es un propósito, no una ley.
Con “información sexual” se estará menos expuesto que con la imposible “educación sexual”. Y no se correrá el riesgo ya denunciado por un chiste de Bernard Show: “A los seis años interrumpí mi educación para ir a la escuela”.

*Luis Frontera es escritor y periodista. Actualmente en Santa Fé, para la Facultad Libre de Rosario, y con el auspicio de la Universidad del Litoral y la Asociación Trabajadores del Estado dicta un seminario sobre “La Sexualidad en la historia y en la política argentina”.

Fuente: Revista “Noticias” 1558, 4 noviembre 2006